La memoria de las frutas de Claudia Claremi

La memoria de las frutas de Claudia Claremi

Entrada libre hasta completar aforo 

En el marco de PHOTOIMAGEN 2026 

Programa Acción Cultural y Difusión en el Exterior 

Diana Cuéllar Ledesma
 
Como todo el buen arte, La memoria de las frutas se caracteriza por condensar, con aparente simpleza, un denso campo de sensibilidad, historia y pensamiento. Durante más de diez años, Claudia Claremi ha realizado entrevistas, talleres e investigación sobre las frutas que la gente echa de menos; en muchos casos porque la emigración les ha alejado del territorio en el que se cosechan, y, en otros, correlativamente, porque la industria agroalimentaria ha propiciado su paulatina desaparición del paisaje y los mercados locales.
 
Más que un proyecto sobre frutas, aunque obviamente siempre siéndolo, este es un dispositivo que mapea, en la escala de la cotidianeidad, la  paulatina y constante transformación del clima,  la agricultura, la dieta y el universo vegetal de la cuenca del Caribe, una región históricamente definida por la heterogeneidad que le otorga su localización estratégica en el Océano Atlántico, que la convierte en un nodo para la circulación de personas, especies y mercancías entre Europa, América del Norte y América del Sur.  
 
En el plano sociológico, el acierto del proyecto es la entrevista como método; a nivel artístico, sin embargo, la decisión crucial ha sido concentrar la potencia estética en las manos como vehículo expresivo, pues, además del rostro  y la inflexión de la voz, ellas son el elemento que más y mejor expresa el tono emocional del habla.
 
En La memoria de las frutas las manos no solo comunican los saberes acuerpados y culturalmente compartidos (cómo pelar una fruta, palparla para saber si está madura, o quitarle las espinas y semillas), sino también, y en eso entiendo que radica su capacidad de conmover, porque al centrarse en las manos se ocupa del vacío. En las instalaciones y proyecciones de Claremi vemos manos que envuelven la ausencia y gesticulan sobre presencias fantasmales: acarician, pelan, sostienen, sopesan frutos que solo viven en recuerdos y que ahora pertenecen al plano de la fantasía. Se activa entonces el maravilloso poder de la evocación, que mueve a la nostalgia. 
 
El proyecto aquí es proceso, imagen, archivo, ritual y pedagogía. Una maraña de afectos y sensaciones que se pueden vivir con la intensidad de lo íntimo y se socializan casi como terapias grupales. Las entrevistas conforman un  acervo riquísimo, que documenta las pequeñas historias orales de las que los grandes relatos no suelen ocuparse. 
 
La sensación es emoción y la emoción lo mueve todo. Por eso la textura arenosa de la guanábana, el olor de las guayabas maduras o la piel lisa de los zapotes son el núcleo emocional que alimenta la profusión sensorial, narrativa y comunitaria de este proyecto. Conversando con la artista, me contaba que en las entrevistas el silencio nunca ha sido un problema, porque la gente “se embulla” [entusiasma]. No es casualidad ni suerte, sino consecuencia lógica, pues todos albergamos añoranzas de las frutas de temporada, de un árbol hermoso o, en mi caso, por ejemplo, de las plácidas tardes en las que toda la familia se sentaba en torno a una mesa a comer los nísperos del árbol del abuelo. 
 
Dado que las frutas constituyen, por excelencia, el epítome de la vida y de sus ciclos, el sentido último de la existencia acaba convirtiéndose, de manera orgánica, en el fondo filosófico de este archivo vivo. La nostalgia por las frutas es un anhelo de la simpleza y sus ausencias, en apariencia mínimas, hablan también del dolor de  otras dimensiones perdidas: días de mercado con calma, paciencia para esperar la maduración, destreza para bajar los frutos de las matas, tiempo para pelar, picar, deshuesar, masticar, escupir; recetas familiares para preparar dulces… compañía para disfrutarlos. 
 
Como método, La memoria de las frutas podría replicarse en cualquier lugar del planeta, pero cobra especial relevancia en el Caribe, donde la generosidad de clima favorece la abundancia de frutas carnosas y exuberantes a lo largo del año y donde además, paradójicamente, la variedad vegetal se ha visto castigada por la agroindustria y su predilección por las especies que son más rentables para el mercado globalizado. Es una región, como he dicho antes, cuyo sino es la movilidad, y uno de los enclaves con mayor emigración del mundo. Manhattan, vista así, podría ser la gran meta urbe caribeña (de la misma manera en que podría ser una de las grandes ciudades latinoamericanas) y ahí, en el metro, debajo de Wall Street o la gran manzana, son los migrantes mexicanos quienes llenan de vida, color y frescura el entorno maquinal del hierro y asfalto, vendiendo esos vistosos vasos con fruta que ahora, también, aderezan con chilito en polvo. 
 
Sobre Claudia Claremi

Claudia Claremi (1986, Madrid) es artista y cineasta. Su práctica abarca el vídeo, el cine analógico, la instalación, la fotografía y el trabajo con archivos. Su obra explora la memoria y el cuerpo, y profundiza en las relaciones entre lo personal y lo colectivo, abordando temas como la diáspora, la identidad, la colonialidad y la fitocultura, en particular la relación entre los seres humanos y las plantas. Es graduada en Cine Documental por la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños (Cuba) y en Bellas Artes por la University of the Arts London (Reino Unido). Su trabajo se ha presentado en instituciones como MAMM Medellín, MAC Puerto Rico, CVA Denver, HKW Berlín, DA2 Salamanca, Museo CA2M, Museo de América, Fundación Sandretto Re Rebaudengo, La Casa Encendida y el Museo Reina Sofía en Madrid, así como en eventos como La Gran Bienal Tropical y PHotoEspaña. 

  
INGLÉS:
The Memory of Fruits
Diana Cuéllar Ledesma
 
Like all great works of art, The Memory of Fruits is characterized by its ability to condense, with apparent simplicity, a dense field of sensibility, history, and thought. For more than ten years, Claudia Claremi has conducted interviews, workshops, and research around the fruits people miss; in many cases because migration has separated them from the territories where these fruits are cultivated, and, in others, conversely, because the agro-industrial system has gradually contributed to their disappearance from local landscapes and markets.
More than a project about fruits—although it is, of course, always also that—this is a device that maps, at the scale of everyday life, the gradual and ongoing transformation of climate, agriculture, diet, and the vegetal world of the Caribbean basin. A region historically defined by the heterogeneity produced by its strategic location in the Atlantic Ocean, which has made it a hub for the circulation of people, species, and commodities between Europe, North America, and South America.

From a sociological perspective, the project’s greatest insight lies in the interview as a method; from an artistic perspective, however, the crucial decision has been to concentrate its aesthetic force in the hands as an expressive vehicle. For, alongside the face and the inflections of the voice, hands are the element that most profoundly and effectively convey the emotional tone of speech.

In The Memory of Fruits, hands do not merely communicate embodied and culturally shared forms of knowledge (how to peel a fruit, how to touch it to determine whether it is ripe, how to remove its thorns and seeds); they also, and this is where I believe the project’s moving power resides, engage with absence itself. By focusing on hands, Claremi addresses the void. In her installations and projections, we encounter hands that embrace absence and gesture toward ghostly presences: they caress, peel, hold, and weigh fruits that exist only in memory and now belong to the realm of imagination. The marvelous power of evocation is activated, giving rise to nostalgia.
The project is, simultaneously, process, image, archive, ritual, and pedagogy. A tangle of affects and sensations that can be experienced with the intensity of intimacy while becoming socialized almost like group therapy. The interviews form an extraordinarily rich archive, documenting the small oral histories that grand narratives so often overlook.

The feeling is emotion, and emotion moves everything. This is why the sandy texture of the soursop, the scent of ripe guavas, or the smooth skin of sapotes become the emotional core sustaining the project’s sensory, narrative, and communal profusion. Speaking with the artist, she told me that silence has never been an obstacle during the interviews, because people “se embullan” [become enthusiastic]. This is neither coincidence nor luck, but rather the logical consequence of something deeper: we all carry memories of seasonal fruits, of a beautiful tree, or—in my own case, for instance—of those peaceful afternoons when my entire family would gather around a table to eat the loquats from my grandfather’s tree.

Because fruit serves as the quintessential embodiment of life and its cycles, the underlying meaning of existence organically emerges as the philosophical foundation of this living archive. Nostalgia for fruit is a yearning for simplicity, and its seemingly minor absences speak to the grief of other lost dimensions: calm market days, the patience required for ripening, the skill to harvest fruit from branches, the time to peel, slice, pit, chew, and spit—family recipes for preserves, and the company to share them.

As a methodology, The Memory of Fruits could be replicated anywhere in the world. However, it holds particular urgency in the Caribbean, where a generous climate yields an abundance of fleshy, exuberant fruits year-round, yet where plant diversity has been systematically eroded by an agribusiness favoring species profitable for globalized markets. As mentioned, it is a region shaped by mobility, representing one of the world's major migratory hubs. Viewed this way, Manhattan could be considered the ultimate Caribbean metropolis—much like it stands as a major Latin American city. There, in the subway beneath Wall Street or the "Big Apple," Mexican migrants inject life, color, and freshness into a mechanical environment of iron and asphalt, selling vibrant cups of fruit now seasoned with chili powder.
 

Categoría
Artes Visuales
Exposiciones
Fecha
04 septiembre 2026
Horario

7 pm

Lugar
CCESD
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